miércoles, 20 de abril de 2011

Ese pecado capital

   Música wagneriana, y no precisamente en sus tiempos triunfales y brillantes, que tanto abundan en la magnífica obra del gran compositor alemán, sino algunos de sus movimientos más tenebrosos y maléficos, serían los más adecuados como ambientación inicial para hablar de ese sentimiento, tan negativo, como es el de la ENVIDIA, sentimiento sufrido por parte de la humanidad desde tiempos ancestrales (si recordamos
que ya Caín lo sintió por su hermano Abel) y capaz de hacer padecer hasta a quien lo posee e idear, cuando éste llega a su más alto grado, las acciones más ruines  e insidiosas. Fuente de inspiración de muchos escritores que han creado argumentos, grandes dramas generalmente, que es en lo que desemboca cuando ese gran pecado capital es el protagonista principal.

   Son terribles los estragos que produce en las personas y en las relaciones con sus semejantes, y tan fácil de descubrir a veces, a poco que observemos la actitud tan característica del ser humano atacado por ese mal ante el éxito de otros, su bienestar, su felicidad, esa capacidad de trabajo compensada altamente… Todas esas motivaciones que deben causar satisfacción y deseos de compartirlas con gran sinceridad, a quien las contempla en su p rójimo, ponen  en esos seres contrariamente amargura, y ese éxito o bienestar no alcanzado por ellos en tan alto grado, se traduce en gestos de desdén, burla, crítica sarcástica, o lo que es peor, una indiferencia descarada ante una feliz noticia referente a otros, producida por esa insatisfacción personal.

     Es casi una utopía, pero sería una batalla ganada a favor de una mejor convivencia, rota a veces por ese motivo, tratar de convencer a tales seres, intentando erradicar de ellos ese sentimiento tan poco eficaz, para conseguir en toda su plenitud, la unión de todos, haciéndoles comprender la necesidad vital que deben de tener, de mentalizarse (cuando ese sentimiento les corroa) poniéndose en lugar de esos privilegiados, compartiendo con gran sinceridad, la satisfacción que les invade, como si de ellos mismos se tratase; consiguiendo adoptar esta norma, sentirían su misma alegría y puede que de esta forma tan sencilla ( aunque encierre sus dificultades en tales estados de ánimo) consiguieran hallar esa felicidad de los demás como un reflejo en ellos mismos.

    El intentar sentir esta felicidad del prójimo como nuestra propia, produce tal confortador estado de satisfacción personal, que vale la pena esforzarse un poco, si es necesario tal esfuerzo, por el resultado tan esperanzador que les llevará a desterrar esas amarguras y sentimientos de fracaso personal, producido por odiosas comparaciones, liberándose de egoísmos y sintiéndose tan felices como los propios privilegiados, ya que la verdadera felicidad, no consiste sólo en conseguir triunfos personales, si no en vivir compartiendo las alegrías y los éxitos de los demás con el corazón .

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