martes, 25 de enero de 2011

Esa temida vejez

   ¿Quién no ha pensado a lo largo de su vida en la tan temida vejez? Y digo temida  porque generalmente todos, aunque la sintamos lejos, la tememos vagamente si nos detenemos y fijando la vista en el horizonte de la vida, la vemos como un punto pequeño, apenas visible; pero el tiempo inexorable pasa y ese pequeño punto lejano va acercándose lentamente, día a día. A veces nos parece este acercamiento terriblemente rápido, con velocidad vertiginosa, cual carrera de bólidos desenfrenada, y la encontramos sin apenas darnos cuenta, casi rozándonos. Es entonces, si no estamos preparados para afrontarla con filosofía, sin miedos, cuando puede crearnos un problema grave, de gran transcendencia para nosotros y los que nos rodean, al observar que el impacto producido por su llegada puede degenerar en abatimiento, tristeza… Por lo tanto, debemos prepararnos para esta llegada, y recibirla pensando que la vida que Dios nos ha dado ha sido un preciado don al que tenemos que cuidar con gran esmero; viviéndola hasta su fin con ilusión, con inquietudes constantes de toda índole en nuestra mente, despreciando la fatiga del desencanto, del aburrimiento – mil veces peor que la producida por el intenso trabajo – y proseguir siempre adelante, sin dar paso al lamento o a la tristeza, pensando lo rápida que ha pasado la juventud.

  Cuando se llegue a la “tercera edad”, sólo hay que pedir energías y hacer acopio de ellas para no sentirnos nunca viejos, terminados, frustrados en vida. Tratando de descubrir nuevas facetas desconocidas, que sin saber que existen, están ahí, para que al llegar a la cima de la vida, miremos a nuestro alrededor y las descubramos en esa perspectiva nueva que nos da el observar desde arriba, encontrando sin ninguna duda – si aportamos una gran ilusión en ello – nuevas sensaciones que merecerán la pena vivir, desechando la tristeza de pensar que no hay más cimas por escalar.


  Este feliz paseo que a continuación describo poéticamente, nos habla de un abuelo sumamente feliz, al sentir el cariño de su pequeña nieta colmándole de halagos, vivencia sacada de la vida real, siendo conmovida testigo de la misma.  


UN FELIZ PASEO

  Al querido  abuelo
decía la niña,
hoy es día de fiesta
abuelito vamos
a dar un paseo
por el Malecón,
su mano menuda
cogida a la diestra
de su anciano abuelo,
transmitiendo fuerza,
dándole la vida
con su dulce acento
le hacía feliz.
  Su corazón vivo
recibía el cariño
que el ser tan querido
sentía por él,
caminando juntos,
saltando la niña,
dando mil piruetas
le hacía reír.
  No temas abuelo
aquí no hay peligro
sin piedras, el suelo
no hará que tropieces,
tú anda tranquilo
que yo te acompaño,
que yo te vigilo,
que quiero que siempre
te sientas feliz.
  Sonríe el abuelo,
su pecho se ensancha,
y en su alma siente
calando tan hondo,
¡tan hondo, tan hondo!
las tiernas palabras
en boca infantil.
  La soledad es triste
mas él no está sólo,
aprieta la mano
de su dulc e nieta
sintiéndose alegre
de poder vivir.

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