jueves, 17 de marzo de 2011

La tormenta

De repente el cielo se oscureció, densos nubarrones fueron apareciendo en él, la atmósfera era irrespirable, gruesas gotas empezaron a caer lentamente, convirtiéndose más tarde en una lluvia fluida hasta llegar a caer el agua torrencialmente sobre el asfalto, llenando éste de grandes lagunas, haciendo imposible el atravesar las calles de la ciudad por los pocos transeúntes que caminaban a pie, el zigzagueo de los relámpagos no cesaba, seguido por ruidosos truenos que ponían un tono de siniestro en la tarde fría de invierno, y la lluvia caía incesante, con gran fuerza. Las fachadas de los grandes edificios la recibían con gran alborozo, después de una sequía preocupante sufrida por tan largo tiempo en la ciudad.

  ¡Llovía!, ¡llovía!, ¡llovía!.  La naturaleza regaba los campos sedientos llenándolos de savia nueva, dando vida y verdor a las tierras cultivadas por la mano del hombre.

  Lentamente fueron espaciándose los relámpagos, y el fuerte sonido de los truenos fue debilitándose hasta oírse sólo el gotear de la lluvia sobre el suelo, una calma absoluta lo invadió todo haciéndonos sentir tranquilos y en paz con nosotros mismos después de tan atroz tormenta.

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