miércoles, 2 de marzo de 2011

Recuerdos del Monasterio de Piedra

Las cascadas estruendosas
esparcían la blanca espuma
en que se convertían,        
fulgurante esplendor ellas mostraban,
la admiración hacia ellas
se encendía,       
cayendo con gran fuerza
no cesaban,
al descender, ruidosas, se encauzaban
uniéndose al transcurso de las aguas
que al recibirlas, aumentaban su caudal;
en vertiginosa carrera proseguían
transparentes, descubrían entremezcladas
en el fondo, grandes piedras y chinarros.
Sintiéndose vigorosas, sorteaban los resquicios,
salpicando de mil gotas las orillas
de su cauce humedecido,
anegándolas de de barro y hojarascas.

   El paisaje se nos mostraba muy vivo,
la frescura que desprendía a su paso
penetraba en nosotros
infundiendo nueva savia,
dando vida fuerte, sana, limpia, clara….
La mañana era blanca, luminosa
y los rayos de un sol esplendoroso,
traspasando las mil ramas de los árboles,
derramaban su calor tibio, suave,
y la paz difundiendo su quietud
se aposentó dentro del alma.

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